El precio que Débora Arango ha debido pagar en su vida por su valentía y trabajo es demasiado alto. Pero, ese precio, más que valor de cambio, es su virtud. Esta virtud paradójicamente es su pecado, y este, sólo lo pagan los artistas malditos, los proscritos por las sociedades que no saben digerir la realidad de sus obras.

Débora, como testigo activo de su tiempo, representó con naturalidad los acontecimientos, señalando en su historia las contradicciones que la realidad le ofrecía; develó los misterios y apariencias reprimidas que esconden la ley y la moral, y sin la cobardía de muchos otros, bajo su condición de mujer, brilla aún por su sólida convicción, reflejando en sabiduría la misma virtud que desde niña construye con el indeclinable apoyo de su familia.El hábito y disposición de su alma, siempre obró conforme e independiente a los preceptos, materializando en su cotidianidad la intimidad y pensamiento consecuentes con su razón verdadera: la natural. Y, es en esa naturalidad de ver las cosas, las impresiones de su mundo local, las particularidades de los hechos constatándolos más no juzgándolos- su manera de denunciar. Su actitud es anhelo de libertad, de actuar naturalmente, sin miedos, sin conformismos, sin tabúes; de impactarse, mas no impactar por el sufrimiento íntimo de su mundo.

Algunas de sus Obras:

Biografía: Nació en Medellín el 11 de noviembre de 1907 y murió en Envigado el 4 de diciembre de 2005, hija de Castor María Arango Díaz y de Elvira Pérez, estudió en el periodo de 1920 a 1960 artes plásticas y pintura en diferentes institutos de Medellín, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, Ciudad de México DF y en el Technical College of Reading, Londres.
A lo largo de su vida recibió numerosas condecoraciones y reconocimientos en Colombia por su obra plástica, participo varias veces en el Salón Nacional de Artistas de Colombia que se caracterizó por su controversia al ser la primera mujer que en su país pintó desnudos en su época además de retratar importantes políticos como animales, lo que le valió la censura de algunas personas entre ellas la del general Francisco Franco que cerró una exposición suya en Madrid en 1955.
Algunas de sus pinturas más reconocidas son: "Las monjas y el cardenal", "El almuerzo de los pobres", "El Cristo", "Huida del Convento", "La monja intelectual", "En el jardín", "Bailarina en descanso", "Los cargueros", "Los matarifes", "Clavel rojo" y "La Maruchenga".

 

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