| El precio que Débora Arango ha debido pagar en su vida por su valentía y trabajo es demasiado alto. Pero, ese precio, más que valor de cambio, es su virtud. Esta virtud paradójicamente es su pecado, y este, sólo lo pagan los artistas malditos, los proscritos por las sociedades que no saben digerir la realidad de sus obras.
Débora, como testigo activo de su tiempo, representó con naturalidad los acontecimientos, señalando en su historia las contradicciones que la realidad le ofrecía; develó los misterios y apariencias reprimidas que esconden la ley y la moral, y sin la cobardía de muchos otros, bajo su condición de mujer, brilla aún por su sólida convicción, reflejando en sabiduría la misma virtud que desde niña construye con el indeclinable apoyo de su familia.El hábito y disposición de su alma, siempre obró conforme e independiente a los preceptos, materializando en su cotidianidad la intimidad y pensamiento consecuentes con su razón verdadera: la natural. Y, es en esa naturalidad de ver las cosas, las impresiones de su mundo local, las particularidades de los hechos constatándolos más no juzgándolos- su manera de denunciar. Su actitud es anhelo de libertad, de actuar naturalmente, sin miedos, sin conformismos, sin tabúes; de impactarse, mas no impactar por el sufrimiento íntimo de su mundo.
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